El ramu es una ofrenda, ellas dan —en representación de la casa— manzanas, dulces, embutidos o animales de cría que son subastados a beneficio de la iglesia o de la comisión. El pan y las roscas que completan la ofrenda se adquieren al panadero, aunque en algunas ocasiones todavía se elaboran en casa.
Junto a limpiar la iglesia y vestir a la imagen, el adorno de los ramos es tarea de las mujeres. Convirtiéndose en una manifestación creativa al decorarlos con papel comprado en La Villa y vestirlos con ramas y flores que cortan del entorno.
Muchas mujeres recuerdan haber portado el ramu en la procesión, si lo llevan vestidas con el traje de asturiana la emoción de aquel día ha queda grabada en su memoria.
El resto sigue la procesión bajo la tradición religiosa del momento que marca el uso de mantilla desde niñas.
En muchos cortejos la comunidad marcha de manera segregada: una fila de hombres y otra de mujeres. Después, se mezclan libremente para disfrutar de la celebración.
En estas mismas comitivas, otras mujeres visten un hábito blanco con capucha, «el sayón», y portan una vela. Es la manera de exteriorizar un ofrecimiento.
La subasta del ramu, dirigida tradicionalmente por un hombre, es seguida por mujeres y niñas con atención. Participan y ofrecen su postura para ganar la puya.
De lo pagado por cada pieza se hablará durante días y representará el orgullo del pueblo, y el de la mujer que ha elaborado un pan, un postre o criado un animal.
Después de la procesión y la puya, toca volver a comer en casa. La tarde se dedicará al baile.
Las personas que no son del pueblo también acuden a la romería y disfrutan en familia de tortillas y empanadas que traen en cajas de cartón.
Al trasladarse la fiesta al «prau», cobraba protagonismo la figura de las dulceras; mujeres que venden principalmente avellanas y rosquillas, pero también caramelos y cacahuetes «para la debilidad».
No hay mucho dinero para comprar, así que hasta la más pequeña adquisición queda grabada en la memoria.
Aún hoy, algunas mujeres recuerdan todavía sus nombres: Nieves, Felicidá…
Muchas van a la fiesta con el único vestido que tienen. Si la tela la enviaron los familiares de América se luce con gran orgullo.
Una modista transforma ese retal en una prenda especial, aunque a veces deba prescindir de las mangas porque el tejido no alcanza.
La tarde se dedica al baile. En esta época, gaita, tambor, acordeón u orquesta solo cuentan con intérpretes masculinos; mientras que ellas tocan la pandereta para el baile a lo suelto en algunas aldeas.
Como los músicos ya amenizan desde la mañana, la Comisión organizadora asigna a cada casa que puede acoger a un invitado la manutención de un integrante de la orquesta. Ellas reciben con pudor a este desconocido, preocupadas por ofrecerle un menú que consideran modesto.
En las fiestas grandes hay barracas para comprar bebida, caseta de tiro, tómbola, tiovivo y una atracción que todas recuerdan con una sonrisa: las lanchas.
La fiesta va unida siempre al recuerdo de vivencias felices, de días intensos llenos de actividad, de música y de cariño. Son jornadas completas junto a amistades, parejas y familia, donde hay tiempo para retratarse y capturar ese instante porque en la fiesta también está MINFER.
A mediados del siglo pasado, como ahora, la fiesta representa devoción, alegría, convivencia, reencuentros y mucha emoción.
Los días de diversión pasan volando. Habrá que esperar todo un año para volver a revivir ese esfuerzo colectivo en el que ellas, las mujeres, siempre han participado construyendo con ilusión un festejo que representa el orgullo de nuestros pueblos.
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