La exposición «Ellas en la construcción de la fiesta» se apoya en dos líneas narrativas. La primera, formada por una selección de fotografías tomadas por el fotógrafo Fermín Riera (MINFER) en las fiestas patronales de los concejos de Villaviciosa, Colunga y Cabranes a lo largo de la década de los 50 y 60. Estas imágenes, muestran la presencia de las mujeres en el hecho religioso y en la celebración festiva, visibilizando su papel fuera del hogar y su manera de habitar, disfrutar y compartir el espacio en la romería y en el baile.
La segunda, nace de un trabajo de campo, realizado específicamente para esta exposición, que recupera la memoria femenina sobre la fiesta patronal y la intrahistoria del festejo, a través de los recuerdos de mujeres de edad avanzada pertenecientes a los concejos mencionados.

Los voladores rompen con la rutina y anuncian el inicio de uno de los momentos más esperados del año. Hace horas que se sienten la gaita y el tambor, sin embargo, detrás del ambiente festivo queda el trabajo de muchas mujeres.

Su participación en la fiesta comienza desde niñas —vistiendo ya el traje de asturiana— y se prolonga hasta la madurez. Sosteniendo una tradición pagada con las aportaciones del vecindario y levantada, año tras año, con el esfuerzo de todos.

En la Villaviciosa rural de la década de los 50 —una época que algunas mujeres definen por su escasez— las niñas y las mozas se afanan en los hogares deseando que lleguen las doce para acercarse a la capilla y ver el ambiente.

Como anfitrionas, la fiesta no es sinónimo de descanso. Recibir a familiares que llegan a doblar o triplicar el número habitual de comensales, requiere de una planificación marcada por la falta de infraestructuras. Tampoco podían descuidar el resto de quehaceres.

«Pola mañana llevabes a les vaques a fartucar a un prau, veníes a misa y a comer a casa, volver a por les vaques y luego ya se podía ir a la verbena. Más servir, cocinar y fregar los platos de la fiesta»

Limpian a fondo el hogar, preparan la ropa y acarrean innumerables cubos de agua desde la fuente o el río. Además, la víspera implica horas en la cocina elaborando una comida muy especial: desde la sopa de menudos y el pollo criado en casa, hasta el arroz con leche removido pacientemente durante horas.

El ramu es una ofrenda, ellas dan —en representación de la casa— manzanas, dulces, embutidos o animales de cría que son subastados a beneficio de la iglesia o de la comisión. El pan y las roscas que completan la ofrenda se adquieren al panadero, aunque en algunas ocasiones todavía se elaboran en casa.

Junto a limpiar la iglesia y vestir a la imagen, el adorno de los ramos es tarea de las mujeres. Convirtiéndose en una manifestación creativa al decorarlos con papel comprado en La Villa y vestirlos con ramas y flores que cortan del entorno.

Muchas mujeres recuerdan haber portado el ramu en la procesión, si lo llevan vestidas con el traje de asturiana la emoción de aquel día ha queda grabada en su memoria.

El resto sigue la procesión bajo la tradición religiosa del momento que marca el uso de mantilla desde niñas.

En muchos cortejos la comunidad marcha de manera segregada: una fila de hombres y otra de mujeres. Después, se mezclan libremente para disfrutar de la celebración.

En estas mismas comitivas, otras mujeres visten un hábito blanco con capucha, «el sayón», y portan una vela. Es la manera de exteriorizar un ofrecimiento.

«Cuando yo tenía 7 años, ofreciónos mi madre a les dos, pa que'l mi hermanu volviera bien de la mili en Sidi-Ifni. El sayón blancu alquilábase.
No se decía nunca qué ofrecíes, pero esi añu mi madre díjomelo»

La subasta del ramu, dirigida tradicionalmente por un hombre, es seguida por mujeres y niñas con atención. Participan y ofrecen su postura para ganar la puya.

De lo pagado por cada pieza se hablará durante días y representará el orgullo del pueblo, y el de la mujer que ha elaborado un pan, un postre o criado un animal.

Después de la procesión y la puya, toca volver a comer en casa. La tarde se dedicará al baile.

Las personas que no son del pueblo también acuden a la romería y disfrutan en familia de tortillas y empanadas que traen en cajas de cartón.

Al trasladarse la fiesta al «prau», cobraba protagonismo la figura de las dulceras; mujeres que venden principalmente avellanas y rosquillas, pero también caramelos y cacahuetes «para la debilidad».

No hay mucho dinero para comprar, así que hasta la más pequeña adquisición queda grabada en la memoria.
Aún hoy, algunas mujeres recuerdan todavía sus nombres: Nieves, Felicidá…

«A mi casa pola fiesta venía comer una dulcera de San Justo, era amiga de mi padre. Llamábase Genoveva “la Perila” y era avellanera. Medía les avellanes con un bote vieyu y traía galletes y carajitos. A casa siempre nos traía algo»

Muchas van a la fiesta con el único vestido que tienen. Si la tela la enviaron los familiares de América se luce con gran orgullo.

Una modista transforma ese retal en una prenda especial, aunque a veces deba prescindir de las mangas porque el tejido no alcanza.

«Tuve un vestíu, que estrené pa la fiesta, que me trajo la tela una tía que vivía en Cuba, era verde jaspeáu. Cosiólu Milia Carrera, modista de Amandi. Era de manga corta y acampanáu, gustábame tanto que lu usé hasta que rompió»

La tarde se dedica al baile. En esta época, gaita, tambor, acordeón u orquesta solo cuentan con intérpretes masculinos; mientras que ellas tocan la pandereta para el baile a lo suelto en algunas aldeas.

Como los músicos ya amenizan desde la mañana, la Comisión organizadora asigna a cada casa que puede acoger a un invitado la manutención de un integrante de la orquesta. Ellas reciben con pudor a este desconocido, preocupadas por ofrecerle un menú que consideran modesto.

«A mi casa venía siempre un músico o dos de la orquesta a comer, porque siempre se repartíen poles cases. Luego, pa la cena, cenábamos los restos de la comida»

En las fiestas grandes hay barracas para comprar bebida, caseta de tiro, tómbola, tiovivo y una atracción que todas recuerdan con una sonrisa: las lanchas.

La fiesta va unida siempre al recuerdo de vivencias felices, de días intensos llenos de actividad, de música y de cariño. Son jornadas completas junto a amistades, parejas y familia, donde hay tiempo para retratarse y capturar ese instante porque en la fiesta también está MINFER.

A mediados del siglo pasado, como ahora, la fiesta representa devoción, alegría, convivencia, reencuentros y mucha emoción.

Los días de diversión pasan volando. Habrá que esperar todo un año para volver a revivir ese esfuerzo colectivo en el que ellas, las mujeres, siempre han participado construyendo con ilusión un festejo que representa el orgullo de nuestros pueblos.

«Ellas en la construcción de la fiesta», agradece la generosidad de todas las mujeres de los concejos de Villaviciosa, Colunga y Cabranes que han participado en esta exposición, cediéndonos sus recuerdos con el fin de enriquecer nuestra memoria colectiva.

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